La soberanía tecnológica, por sí sola, dará a la IA una edad de hojalata
Tesis
El Estado ha vuelto a la política de innovación, pero sobre todo para asegurar la soberanía tecnológica. El despliegue de la revolución digital, incluida la IA, necesita además reglas que aborden sus externalidades y desigualdades, algunas de ellas solo a escala global; sin ellas, la segunda mitad de esta revolución se parecerá más a una edad de hojalata que a la edad de oro de la posguerra.
La sesión sobre el futuro de la inteligencia artificial preguntaba cómo gobernar la IA en un mundo de potencias en competencia. Respondí con una pregunta previa: ¿qué papel está asumiendo el Estado en el cambio tecnológico, y es el papel que exige esta fase de la revolución digital? El argumento procede de un documento de política para el CEBRI escrito en 2020; la parte final, sobre la gobernanza de la IA, se apoya en un ensayo posterior para el CIGI.
Karl Polanyi describió el desarrollo capitalista como un doble movimiento: cada expansión del mercado encuentra un contramovimiento de autoprotección social. Leído como un péndulo, ofrece un calendario aproximado. Los periodos de libre mercado fueron de 1830 a 1870, de 1920 a 1940 y de 1970 a 2010; la última oscilación hacia la autoprotección centrada en el Estado comenzó tras la crisis financiera de 2007–08. La pandemia la aceleró. Las cadenas de valor dependientes de China pasaron a ser objeto de la política nacional, y la política industrial, cada vez más planteada como política orientada por misiones, volvió al menú. La oscilación es más clara en el discurso: los documentos gubernamentales de la base de datos Overton que citan la soberanía tecnológica eran casi inexistentes antes de 2019 y superaron los trescientos en 2021.1
La teoría de las revoluciones tecnológicas de Carlota Pérez explica por qué se mueve el péndulo. La quinta revolución, abierta por el microprocesador en 1971, se instaló bajo el capital financiero y el libre mercado. Su despliegue requiere un Estado activo que apoye al capital productivo, regule las externalidades de las nuevas tecnologías y aborde las desigualdades que produjo su instalación. La cuarta revolución tuvo su marco: el New Deal, Bretton Woods, los poderes compensatorios de Galbraith y sucesivas leyes de seguridad, de protección del consumidor y medioambientales.
El actual regreso del Estado carece de ese marco. Su retórica trata la gobernanza y la regulación como instrumentos de soberanía tecnológica. La IA plantea problemas éticos, de propiedad, de diseño industrial, normativos, tecnoeconómicos y socioambientales, y varios de ellos no pueden resolverse solo con normas nacionales. La competencia geopolítica, entretanto, estrecha el espacio para la gobernanza multilateral, y lo que tiende a producir es una disputa de estándares: estadounidense, chino y europeo. Los estándares en competencia frenan el desarrollo, dificultan la difusión y elevan los costes, en un momento en que las soluciones de IA ambientalmente sostenibles necesitan difundirse deprisa.
Pérez ve una edad de oro como posibilidad en la segunda mitad de cada revolución, siempre que las instituciones aborden los problemas creados en la primera. La edad de oro de la posguerra surgió durante una guerra fría, de modo que la rivalidad geopolítica no la descarta. Que esta oscilación del péndulo produzca una depende de que los Estados vayan más allá de una definición estrecha de soberanía y construyan, juntos, las instituciones que requiere el despliegue de la IA. De lo contrario, el precedente más cercano es la edad de hojalata (la gilded age) de la tercera revolución.
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Búsqueda por palabras clave en la base de datos Overton, tal como aparece en la diapositiva 13 de la presentación. Los datos de 2021 estaban incompletos en su momento, y la serie no se ha actualizado para esta nota. ↩︎
Escrita con Claude Opus 5.5; revisada y validada por el autor.